*Gabriel Esteban García
Tenía 10 años y estábamos viendo una carrera de Turismo Carretera en Santa Teresita, sonreía muy alegremente porque querían sacarme una foto y no lo habían logrado. Con un poco de insistencia y unos chistes consiguieron retratarme para que tuviera un recuerdo de ese momento.
Si mal no recuerdo me había puesto una campera azul que era gruesa por el frío, una remera de manga larga o eso supongo y, aunque no se ve, llevaba unos joggins negros y unas zapatillas que me duraron mucho tiempo.
Al final de todo, apenas se alcanzan a ver algunos árboles y una nariz del micro con el que habíamos viajado.
A juzgar por mi sonrisa de niño, parecía muy feliz estando en ese lugar.
*Paula Ghio
Estoy sonriendo con mi hermano menor. Me faltaban algunos dientes, pero mi cara no denotaba preocupación por eso, en realidad mi rostro no expresaba preocupación alguna. Lo que más resaltaba, además de mi sonrisa, eran mis ojos, los cuales estaban expectantes, no recuerdo por qué, tal vez en ese momento tampoco sabía por qué.
Si me pongo a comparar ese instante con mi estado actual diría que me faltan cosas menos graves que no tener algunos dientes y me preocupo más, pero al igual que en ese momento (no sé si en mi rostro se notará) me veo a la expectativa de algo, no sé de qué.
*María Belén Karamanukian
No tan pícara
Eras similar a la loquita de Victoria, cara de picarona, siempre con esa boquita sucia de los dulces que te regalaban. Te veías muy atractiva, como decía mamá, siempre tirabas facha a todos con ese desagradable diente, bah! Raíz de diente que se te había caído cuando tenías un añito, y que no te importaba disimular cada vez que sonreías. Y esa capelina que tenías adornando tu cabeza, no te la sacabas por nada, porque sabías que la usaste para la fiesta de tu adorada madrina. Esas ropas extravagantes que te ponía mami para complacer a las abuelas, parecías una más de todas las muñecas gigantes que poseías. Miento si digo que no me enloquece el color de esas zapatillas blancas ortopédicas las cuales siempre finalizaban sus días negras.
Mientras escribo revuelvo miles de recuerdos que me hacen suspirar, como esa sillita mecedora que heredé de la abuela Lusín, la cual es una inseparable parte de mí, y célebre recuerdo de tardes balanceándome junto a ella. O la casa, “mi” casa, el acogedor hogar de la familia Karamanukian, el cual ahora es parte solamente de los recuerdos de una angustiante mudanza.
Me encantaría que algún día, esa pequeña niña deje esas paredes por un rato para estar junto a mí.
Se extrañan esas risas de cuatro añitos que en la actualidad no comparto de la manera simple e inocente como lo hacía, ese diente que no estuvo hasta los siete años, esa silla. Las presencias de una infancia acogedora de hija, nieta, y sobrina única, y mimada que se fueron dejando de lado para ser la hermana mayor de dos seres más picaros y entretenidos que yo ...
jueves, 14 de mayo de 2009
miércoles, 13 de mayo de 2009
Seguimos con las Presentaciones
*Florencia Castrovillari
Tan lejos, tan cerca.
Al recordar mi infancia, una fotografía amarillenta se me presenta. Con apenas 4 o 5 años se me ve radiante y con los ojos llenos de inocencia y felicidad, como cualquier niño que disfruta de eternas horas de juegos en la vereda. En esa foto estamos “el cuarteto”, como nos decía mi mamá: mis primos, mi hermano y yo.
Caritas sucias, zapatillas desatadas y una gran sonrisa nos describen a la perfección. Siempre juntos, como si el resto del mundo no nos pudiera separar y el reloj se congelara en aquellos momentos. Parecíamos un equipo, y de hecho lo éramos. Ordenados de mayor a menor, yo encabezaba la fila por mi baja estatura, característica que aún hoy en día me sigue distinguiendo. Juntos nada malo podía pasarnos, siempre mi primo mayor nos defendía y no había nada que temer.
De fondo se puede ver a algunos vecinos reunidos, sentados en las puertas de sus casas, compartiendo aquel mate tan significativo y hasta historias de vidas; niños andando en bicicleta y padres paseando con sus hijos de la mano.
Al referirme a esta fotografía, digo que es amarillenta, no por vieja aunque ya pasaron varios años, sino porque a lo que me refiero ya no existe. Solo es un recuerdo nostálgico que algunos tuvimos la dicha de poder vivir en una época no tan lejana.
*Carolina Defiore
Una billetera, una foto carnet, una nena... La descubrí hace poco tiempo entre tarjetas de crédito, billetes y otras fotos de seres queridos. Tendría cuatro años o menos, mi papá no lo recuerda. Es una linda foto, estoy yo y el insulso fondo azul, mis rulos, una famosa remera de la infancia, mi vergonzoso flequillo mal cortado. Me llama la atención mi mínima expresión: no miro a la cámara, supongo que mis ojos apuntaban a algo que me llamaba más la atención, hago un mueca con mis labios y mis cachetes, me muestro dulce, entre simpática y pícara. La miro, me doy mucha ternura, esbozo una sonrisa. Se la muestro a mi papá, la observa parsimoniosamente, sonríe, se emociona, recuerda y me dice: “Eras tan chiquita y eras tan linda...”.
*Leandro Daniel Feijoó.
Tan lejos, tan cerca.
Al recordar mi infancia, una fotografía amarillenta se me presenta. Con apenas 4 o 5 años se me ve radiante y con los ojos llenos de inocencia y felicidad, como cualquier niño que disfruta de eternas horas de juegos en la vereda. En esa foto estamos “el cuarteto”, como nos decía mi mamá: mis primos, mi hermano y yo.
Caritas sucias, zapatillas desatadas y una gran sonrisa nos describen a la perfección. Siempre juntos, como si el resto del mundo no nos pudiera separar y el reloj se congelara en aquellos momentos. Parecíamos un equipo, y de hecho lo éramos. Ordenados de mayor a menor, yo encabezaba la fila por mi baja estatura, característica que aún hoy en día me sigue distinguiendo. Juntos nada malo podía pasarnos, siempre mi primo mayor nos defendía y no había nada que temer.
De fondo se puede ver a algunos vecinos reunidos, sentados en las puertas de sus casas, compartiendo aquel mate tan significativo y hasta historias de vidas; niños andando en bicicleta y padres paseando con sus hijos de la mano.
Al referirme a esta fotografía, digo que es amarillenta, no por vieja aunque ya pasaron varios años, sino porque a lo que me refiero ya no existe. Solo es un recuerdo nostálgico que algunos tuvimos la dicha de poder vivir en una época no tan lejana.
*Carolina Defiore
Una billetera, una foto carnet, una nena... La descubrí hace poco tiempo entre tarjetas de crédito, billetes y otras fotos de seres queridos. Tendría cuatro años o menos, mi papá no lo recuerda. Es una linda foto, estoy yo y el insulso fondo azul, mis rulos, una famosa remera de la infancia, mi vergonzoso flequillo mal cortado. Me llama la atención mi mínima expresión: no miro a la cámara, supongo que mis ojos apuntaban a algo que me llamaba más la atención, hago un mueca con mis labios y mis cachetes, me muestro dulce, entre simpática y pícara. La miro, me doy mucha ternura, esbozo una sonrisa. Se la muestro a mi papá, la observa parsimoniosamente, sonríe, se emociona, recuerda y me dice: “Eras tan chiquita y eras tan linda...”.
*Leandro Daniel Feijoó.
"De lo mío".
La fotografía que elegí para esta ocasión y que me representa es una tomada en Luján en el año 1990, delante de la famosa e histórica Basílica.
En la foto estamos en familia. Mis abuelos maternos Martina y Roberto, con los que crecí y compartí buenos e inolvidables momentos. A la izquierda de ellos, están mis padres Juan Carlos y Stella Maris y mis hermanos, el mayor: Sergio, y Darío, el del medio. Yo estoy en los brazos de mi padre, tenía 3 años, y mi madre está junto a Sergio. Todos estamos mirando a la cámara, como posando para el recuerdo del paseo familiar. Detrás de nosotros, el auto de mi padre, en el que disfruté de las ocasionales pero lindas salidas. De fondo, imponente y majestuosa, se ve la Basílica de la Virgen de Luján, por demás conocida por ser el Santuario argentino, al cual se dirigen miles de peregrinos buscando consuelo, protección o simplemente llevados por el turismo o la curiosidad.
Esa fotografía me representa porque mi familia hoy por hoy es el lugar donde me refugio, en el que están mis seguridades y mis cariños más profundos, donde estuvieron desde que recuerdo. De su seno saco el valor para afrontar los desafíos de cada nuevo día, de mi madre, el más grande de mis afectos y de cada uno de mis familiares. Mis abuelos ya no nos acompañan, pero de ellos trato de seguir el ejemplo de la honestidad, la humildad, la perseverancia y el desinterés por lo material.
El Santuario de la Virgen María representa a lo más sagrado, importante y valioso que considero: Dios, Jesucristo el Señor y su Madre, protectora de la Patria y de todos. En la Iglesia también forjé mi espíritu y es el lugar en el que conocí la Buena Noticia y me encontré con el mejor amigo, y la mejor compañía de toda mi vida.
La fotografía que elegí para esta ocasión y que me representa es una tomada en Luján en el año 1990, delante de la famosa e histórica Basílica.
En la foto estamos en familia. Mis abuelos maternos Martina y Roberto, con los que crecí y compartí buenos e inolvidables momentos. A la izquierda de ellos, están mis padres Juan Carlos y Stella Maris y mis hermanos, el mayor: Sergio, y Darío, el del medio. Yo estoy en los brazos de mi padre, tenía 3 años, y mi madre está junto a Sergio. Todos estamos mirando a la cámara, como posando para el recuerdo del paseo familiar. Detrás de nosotros, el auto de mi padre, en el que disfruté de las ocasionales pero lindas salidas. De fondo, imponente y majestuosa, se ve la Basílica de la Virgen de Luján, por demás conocida por ser el Santuario argentino, al cual se dirigen miles de peregrinos buscando consuelo, protección o simplemente llevados por el turismo o la curiosidad.
Esa fotografía me representa porque mi familia hoy por hoy es el lugar donde me refugio, en el que están mis seguridades y mis cariños más profundos, donde estuvieron desde que recuerdo. De su seno saco el valor para afrontar los desafíos de cada nuevo día, de mi madre, el más grande de mis afectos y de cada uno de mis familiares. Mis abuelos ya no nos acompañan, pero de ellos trato de seguir el ejemplo de la honestidad, la humildad, la perseverancia y el desinterés por lo material.
El Santuario de la Virgen María representa a lo más sagrado, importante y valioso que considero: Dios, Jesucristo el Señor y su Madre, protectora de la Patria y de todos. En la Iglesia también forjé mi espíritu y es el lugar en el que conocí la Buena Noticia y me encontré con el mejor amigo, y la mejor compañía de toda mi vida.
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