*Florencia Castrovillari
Tan lejos, tan cerca.
Al recordar mi infancia, una fotografía amarillenta se me presenta. Con apenas 4 o 5 años se me ve radiante y con los ojos llenos de inocencia y felicidad, como cualquier niño que disfruta de eternas horas de juegos en la vereda. En esa foto estamos “el cuarteto”, como nos decía mi mamá: mis primos, mi hermano y yo.
Caritas sucias, zapatillas desatadas y una gran sonrisa nos describen a la perfección. Siempre juntos, como si el resto del mundo no nos pudiera separar y el reloj se congelara en aquellos momentos. Parecíamos un equipo, y de hecho lo éramos. Ordenados de mayor a menor, yo encabezaba la fila por mi baja estatura, característica que aún hoy en día me sigue distinguiendo. Juntos nada malo podía pasarnos, siempre mi primo mayor nos defendía y no había nada que temer.
De fondo se puede ver a algunos vecinos reunidos, sentados en las puertas de sus casas, compartiendo aquel mate tan significativo y hasta historias de vidas; niños andando en bicicleta y padres paseando con sus hijos de la mano.
Al referirme a esta fotografía, digo que es amarillenta, no por vieja aunque ya pasaron varios años, sino porque a lo que me refiero ya no existe. Solo es un recuerdo nostálgico que algunos tuvimos la dicha de poder vivir en una época no tan lejana.
*Carolina Defiore
Una billetera, una foto carnet, una nena... La descubrí hace poco tiempo entre tarjetas de crédito, billetes y otras fotos de seres queridos. Tendría cuatro años o menos, mi papá no lo recuerda. Es una linda foto, estoy yo y el insulso fondo azul, mis rulos, una famosa remera de la infancia, mi vergonzoso flequillo mal cortado. Me llama la atención mi mínima expresión: no miro a la cámara, supongo que mis ojos apuntaban a algo que me llamaba más la atención, hago un mueca con mis labios y mis cachetes, me muestro dulce, entre simpática y pícara. La miro, me doy mucha ternura, esbozo una sonrisa. Se la muestro a mi papá, la observa parsimoniosamente, sonríe, se emociona, recuerda y me dice: “Eras tan chiquita y eras tan linda...”.
*Leandro Daniel Feijoó.
Tan lejos, tan cerca.
Al recordar mi infancia, una fotografía amarillenta se me presenta. Con apenas 4 o 5 años se me ve radiante y con los ojos llenos de inocencia y felicidad, como cualquier niño que disfruta de eternas horas de juegos en la vereda. En esa foto estamos “el cuarteto”, como nos decía mi mamá: mis primos, mi hermano y yo.
Caritas sucias, zapatillas desatadas y una gran sonrisa nos describen a la perfección. Siempre juntos, como si el resto del mundo no nos pudiera separar y el reloj se congelara en aquellos momentos. Parecíamos un equipo, y de hecho lo éramos. Ordenados de mayor a menor, yo encabezaba la fila por mi baja estatura, característica que aún hoy en día me sigue distinguiendo. Juntos nada malo podía pasarnos, siempre mi primo mayor nos defendía y no había nada que temer.
De fondo se puede ver a algunos vecinos reunidos, sentados en las puertas de sus casas, compartiendo aquel mate tan significativo y hasta historias de vidas; niños andando en bicicleta y padres paseando con sus hijos de la mano.
Al referirme a esta fotografía, digo que es amarillenta, no por vieja aunque ya pasaron varios años, sino porque a lo que me refiero ya no existe. Solo es un recuerdo nostálgico que algunos tuvimos la dicha de poder vivir en una época no tan lejana.
*Carolina Defiore
Una billetera, una foto carnet, una nena... La descubrí hace poco tiempo entre tarjetas de crédito, billetes y otras fotos de seres queridos. Tendría cuatro años o menos, mi papá no lo recuerda. Es una linda foto, estoy yo y el insulso fondo azul, mis rulos, una famosa remera de la infancia, mi vergonzoso flequillo mal cortado. Me llama la atención mi mínima expresión: no miro a la cámara, supongo que mis ojos apuntaban a algo que me llamaba más la atención, hago un mueca con mis labios y mis cachetes, me muestro dulce, entre simpática y pícara. La miro, me doy mucha ternura, esbozo una sonrisa. Se la muestro a mi papá, la observa parsimoniosamente, sonríe, se emociona, recuerda y me dice: “Eras tan chiquita y eras tan linda...”.
*Leandro Daniel Feijoó.
"De lo mío".
La fotografía que elegí para esta ocasión y que me representa es una tomada en Luján en el año 1990, delante de la famosa e histórica Basílica.
En la foto estamos en familia. Mis abuelos maternos Martina y Roberto, con los que crecí y compartí buenos e inolvidables momentos. A la izquierda de ellos, están mis padres Juan Carlos y Stella Maris y mis hermanos, el mayor: Sergio, y Darío, el del medio. Yo estoy en los brazos de mi padre, tenía 3 años, y mi madre está junto a Sergio. Todos estamos mirando a la cámara, como posando para el recuerdo del paseo familiar. Detrás de nosotros, el auto de mi padre, en el que disfruté de las ocasionales pero lindas salidas. De fondo, imponente y majestuosa, se ve la Basílica de la Virgen de Luján, por demás conocida por ser el Santuario argentino, al cual se dirigen miles de peregrinos buscando consuelo, protección o simplemente llevados por el turismo o la curiosidad.
Esa fotografía me representa porque mi familia hoy por hoy es el lugar donde me refugio, en el que están mis seguridades y mis cariños más profundos, donde estuvieron desde que recuerdo. De su seno saco el valor para afrontar los desafíos de cada nuevo día, de mi madre, el más grande de mis afectos y de cada uno de mis familiares. Mis abuelos ya no nos acompañan, pero de ellos trato de seguir el ejemplo de la honestidad, la humildad, la perseverancia y el desinterés por lo material.
El Santuario de la Virgen María representa a lo más sagrado, importante y valioso que considero: Dios, Jesucristo el Señor y su Madre, protectora de la Patria y de todos. En la Iglesia también forjé mi espíritu y es el lugar en el que conocí la Buena Noticia y me encontré con el mejor amigo, y la mejor compañía de toda mi vida.
La fotografía que elegí para esta ocasión y que me representa es una tomada en Luján en el año 1990, delante de la famosa e histórica Basílica.
En la foto estamos en familia. Mis abuelos maternos Martina y Roberto, con los que crecí y compartí buenos e inolvidables momentos. A la izquierda de ellos, están mis padres Juan Carlos y Stella Maris y mis hermanos, el mayor: Sergio, y Darío, el del medio. Yo estoy en los brazos de mi padre, tenía 3 años, y mi madre está junto a Sergio. Todos estamos mirando a la cámara, como posando para el recuerdo del paseo familiar. Detrás de nosotros, el auto de mi padre, en el que disfruté de las ocasionales pero lindas salidas. De fondo, imponente y majestuosa, se ve la Basílica de la Virgen de Luján, por demás conocida por ser el Santuario argentino, al cual se dirigen miles de peregrinos buscando consuelo, protección o simplemente llevados por el turismo o la curiosidad.
Esa fotografía me representa porque mi familia hoy por hoy es el lugar donde me refugio, en el que están mis seguridades y mis cariños más profundos, donde estuvieron desde que recuerdo. De su seno saco el valor para afrontar los desafíos de cada nuevo día, de mi madre, el más grande de mis afectos y de cada uno de mis familiares. Mis abuelos ya no nos acompañan, pero de ellos trato de seguir el ejemplo de la honestidad, la humildad, la perseverancia y el desinterés por lo material.
El Santuario de la Virgen María representa a lo más sagrado, importante y valioso que considero: Dios, Jesucristo el Señor y su Madre, protectora de la Patria y de todos. En la Iglesia también forjé mi espíritu y es el lugar en el que conocí la Buena Noticia y me encontré con el mejor amigo, y la mejor compañía de toda mi vida.
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