miércoles, 25 de noviembre de 2009

Aun nos quedan cosas por contarles...

Un cuento y un recorrido por la ciudad...

Crónicas de un amante de los pies

Hoy empieza el casting de “Solos y solas”, un programa que se emitirá por telefe de lunes a viernes a las 18hs.
Cuando les conté a mis amigos y compañeros de trabajo que decidí participar del programa no lo podían creer. Si bien tengo 30 años y estoy solo , soy un hombre apuesto, exitoso en mi trabajo y las mujeres no pueden dejar de acosarme.
¿Cómo un ganador termina en un casting de Solos y solas? Pienso que puede ser la oportunidad para conocer al amor de verdad . Supongo que irán chicas que no han tenido suerte con los hombres y que podrán llegar a entender lo que me pasa.
A pesar de que atraigo a jóvenes muy lindas e inteligentes fácilmente , mis relaciones duran muy poco. Cuando me conocen, no sé por qué , salen corriendo y me dejan siempre con los mismos argumentos “Estás loco”, “Deberías empezar terapia”o “Tenés un problema muy serio”.
Yo nunca traté de loca a ninguna joven , como mucho lo único que les digo cuando las dejo es “Tenés los pies muy feos”.
-Entonces llegaste a dejar a las mujeres porque no te gustaban sus pies- dijo una de las productoras sorprendida.
-Sí, me encantan los pies finos, pequeños, suaves y con uñas esculpidas. Una mujer con ampollas, hongos o juanetes pierde todo tipo de encanto para mi.
-Muy interesante ¿Podrías contarnos alguna experiencia en particular que hayas tenido?-me preguntó otros de los selectores abriendo bien los ojos.
Hice memoria y empecé a hablar de Laura, mi vecina. Había salido con ella tres meses. Teníamos muchos gustos en común. Ella es profesora de educación física como yo, le gusta la misma música y tiene una personalidad muy parecida a la mía. Sentí que era el amor de mi vida pero todo terminó en la primavera pasada cuando la vi en sandalias. Sus pies eran gordos y tenía ampollas. No pude soportarlo y terminé con ella, demasiado repugnante para mí.
Los tres productores me miraron como si fuese un marciano, por un momento pensé que no me elegirían .
-Pasaste el casting. Te esperamos mañana a las tres de la tarde en el estudio.
No podía creerlo, estaba muy emocionado no sólo por esta nueva experiencia sino también porque sería famoso.
Al otro día llegué a la productora temprano y me senté en la cafetería . Admito que me puse un poco nervioso cuando vi en la televisión los adelantos del programa. Se hacía la hora y me dirigí hacia el estudio. Por detrás de la escenografía observaba cómo la simpática conductora del programa, Claribel Medina, presentaba a los participantes.
Dicen que lo mejor se deja para lo último y mi caso no fue la excepción.
-Presentamos al último participante. Tiene 30 años y vive en Olivos. Es un morocho muy sexy con un cuerpo espectacular. Aplausos para Juan Manuel Molinari.
Mi corazón palpitaba muy fuerte y empecé a transpirar pero cuando Claribel se acercó y me saludó con una sonrisa me tranquilicé.
Las tres participantes eran muy bonitas y no dejaban de mirarme. Los otros dos hombres no eran lindos como yo. Uno era ingeniero y tenía una nariz que dejaba bastante que desear y el otro era analista de sistemas y usaba aparatos en los dientes. Los dos llevaban una vida bastante aburrida. Lo único que hacían era trabajar y las mujeres cuando los escuchaban hablar bostezaban. Seria muy fácil ganarles.
Después de dos horas de conversación Claribel anunció – Llegó el momento más esperado. Piensen bien a quién van a elegir . Tomen la pizarra que tienen a su derecha y escriban el nombre de la persona que eligieron. Empezamos por las mujeres.
Se hizo silencio en el estudio y las luces iluminaron la pizarra de Mariana.
-El primer voto es para................Juan Manuel, el morocho sexy.
-Vamos a ver a quién eligió Florencia. Otro voto para Juan Manuel.
-Por último en la pizarra de Melina vemos el nombre de Juan Manuel. El morocho sexy enamoró a todas nuestras participantes pero a quién elegirá. Despedimos primero con un fuerte aplauso a nuestros otros dos hombres. Muchas gracias por haber venido- les dijo Claribel a los pobres perdedores que habían competido conmigo.
-Antes de tomar la decisión las chicas van a desfilar para Juan Manuel pero primero vamos a un corte y ya volvemos con más “Solos y solas”.
Después de la pausa las participantes estaban en malla y desfilando para mi. Hasta ese momento la que más me había interesado por su belleza y personalidad era Melina pero mi corazón se partió en pedacitos cuando vi sus repugnantes pies, tenía ampollas.
Los pies de Mariana también eran horribles. Florencia era la más aburrida de todas y la última que hubiese elegido pero tenía unos pies hermosos con uñas esculpidas.
-Juan Manuel ¿Con cuál de estas bellas mujeres quieres tener una cita?-preguntó Claribel.
-Elijo a Florencia-dije sin dejar de mirar sus bellos pies .
- Juan Manuel y Florencia vengan al círculo del amor. Gracias a todos por haber participado. Nuca pierdan las esperanzas , el amor de sus vidas puede estar más cerca de lo que ustedes creen. Hasta la próxima-dijo Claribel eufórica.
Después de haber salido una semana con Florencia la invité a mi departamento el sábado. Preparé una cena deliciosa con un buen vino y ambienté el living con velas y rosas rojas.
Son las diez de la noche y llega Flor, tiene puesto un hermoso vestido escotado color azul marino y unas sandalias negras con plateado que realzan la hermosura de sus pies.
Si bien al principio me había parecido una persona muy aburrida, Florencia es inteligente y muy interesante.
Después de haber hablado y reído durante más de tres horas, la invité a mi habitación. Mientras le quitaba su ropa no dejé de pensar por ningún instante en el momento en que tocaría y besaría sus pies.
La noche se convirtió en día. Los rayos de luz iluminan los hermosos pies de mi bella durmiente y en ese instante me doy cuenta de que la uña del dedo gordo está sin pintar.
Sin hacer ruido busco en su cartera el esmalte, saco su agenda, su teléfono celular, la llave de su casa, un libro. Pero ¿Dónde está la pintura?
Veo un bolsillo en el interior del bolso y encuentro lo que tanto buscaba. En puntas de pies me acerco con el esmalte a la cama, lo dejo en la mesita de luz y voy al baño a buscar una crema perfumada.
Me siento en el borde de la cama, transpiro, estoy un poco nervioso, tengo miedo de que se de cuenta. Sostengo su pie derecho, presiento que se va a despertar, de pronto se mueve, no quiero que me vea, sigue durmiendo.
Me relajo, tomo el pincel y comienzo a embellecer su uña. Mientras le estoy pasando la crema se despierta de un salto y grita ”Estás loco, déjame en paz”. Se cae el esmalte al piso y se rompe. Ella se levanta , toma su cartera y me golpea. Da un portazo y se va. No es la primera ni la última mujer que me hace esto.
Me tomo un baño y me voy a trabajar. Cuando regreso almuerzo y enciendo la televisión.
Veo a Florencia en “Intrusos” hablando de lo que pasó por la mañana. Lo que hace la gente para tener fama ¿no?.
Siento mucha vergüenza y hago zapping. Pongo crónica, seguramente estarán emitiendo a la vaca Alegría teniendo cría o al pitufo fantasmagórico pero me equivoqué. Leo la placa y dice”Último momento. Loco de los pies, le hizo la pedicuria a su novia e intentó matarla.”
Mi intención no era asustar a Florencia y mucho menos matarla. Sólo quería arreglar sus pies ¿Por qué nadie puede entenderlo?
Decidí desconectar el teléfono, desenchufar la televisión y no ir a trabajar.
Pasaron cuatro meses y salí a la calle a buscar trabajo. Encontré uno de cajero de supermercado. No tengo compañeras lindas pero hay una chica con unos pies preciosos.
Hablaba mucho con ella porque compartíamos varios almuerzos y vive cerca de mi casa.
Después de unas semanas decidí invitarla a salir. Fuimos al cine y luego a cenar.
Cuando la tomé de la mano , me dijo - Sos un hombre muy seductor y lindo pero no puedo estar con vos.
-¿Por qué? ¿Tenés novio o estás casada?- le pregunté desconcertado.
-No es por eso- dijo soltándome- Tus manos están ásperas y tenés ampollas. Perdón pero me dan mucho asco.
Apenas terminó de pronunciar la última palabra se fue corriendo. Yo quedé en el medio de la avenida Rivadavia mirándome mis manos. No son tan feas. Me senté en la vereda porque casi me atropella un auto. Seguramente Verónica es hija de una manicura. Por lo menos no me tomó por loco y me dejó con otro pretexto, pensé.
El jueves empiezo terapia , quiero aprender a reprimir mis impulsos para no espantar a las mujeres cuando les veo sus pies.
¿Qué se puede esperar del hijo de una pedicura y de un fabricante de zapatos? Por supuesto, que lo primero que mire sean pies.

-Vanesa Agoglia-


Por primera y última vez


“Era temprano y ya estábamos listos para salir. Lo agarré y nos enfrentamos a la calle. Era la primera vez que lo sacaba. Toda una experiencia para mí y para él. La gente lo miraba como con ternura. A mi me pesaba demasiado y lo quería soltar.
Llegamos a la parada del 15, ¡hace cuánto que no hacía eso! Estaba contenta de volver. Vi llegar el colectivo y, con la mano que me quedaba libre, lo llamé con dificultad. Frenó cuidadosamente. La gente que estaba delante de mí, me dejó pasar. ¡Qué extraño que resultaba! Nunca antes habían hecho eso. No sabía si sentirme halagada o no. Subí, por primera vez, primera y enseguida me dejaron el asiento de adelante, casi pegada al conductor. Nunca me gustó ese lugar pero lo acepté porque los brazos ya no me daban más de cargarlo.
Nos sentamos y se puso inquieto, no podía pararlo. La señora de al lado lo miraba, le hacía caras, lo acariciaba. Así, él se entretuvo un rato mientras yo rememoraba lo que me había perdido estos últimos meses. Él quería tocar todo, miraba atento cada color, se sorprendía con cada ruido y cada persona pero no estaba cómodo y yo mucho menos. Quería ir en los asientos del fondo leyendo o escuchando música en vez de estar allí cargándolo.
Me sentía observada y seguramente él también. Nunca había estado rodeado de tanta gente, ni expuesto a tanto movimiento. No le podía preguntar qué sentía porque no hablaba ni siquiera. A él lo miraban con cariño, decían que era hermoso, pero a mí me miraban con pena tal vez lástima. Todo eso ya no me gustaba. Me quería bajar de esa máquina y creo que él también. No se quedaba tranquilo y yo me ponía cada vez más nerviosa. No sabía cómo controlarlo ni calmarlo. Esa situación ya era insoportable.
Estábamos por Scalabrini Ortiz casi llegando a Corrientes así que no faltaba tanto. Se lo dije pero no tenía sentido. Creo que no me entendía nunca y yo tampoco a él.
El colectivo frenó en un semáforo y vi aquel bar que iba con Sebastián. Se me vinieron a la mente miles de recuerdos hasta que ese intruso que llevaba ese día hizo llamar mi atención. Lo miré y lo detesté. No me dejaba leer, ni escuchar música, ni pensar tranquila... si él no hubiera estado, Sebastián no me hubiera dejado y seguiríamos siendo novios...
El colectivo dobló en Murillo, luego en Malabia y después en Warnes. Esas curvas lo pusieron peor y estaba más molesto que nunca. Aunque sea en algo se parecía a mí, esas vueltas también me ponen mal.
Vi el Parque Centenario y ya me disponía a bajar porque con él y con todo lo que llevaba por su culpa, se me hacía difícil movilizarme hasta la puerta trasera. El conductor advirtió mis movimientos y me dejó salir por la puerta de adelante. No podía creer tanta amabilidad de parte de todos ¡algo bueno, algún beneficio tenía que traerme!
Me bajé del colectivo y volví a hacer todo ese recorrido. Esas calles, esa plazoleta, ese edificio. Yo estaba contenta ahora pero él no lo entendía y no lo apreciaba. Yo le iba contando pero no comprendía la importancia que tenía eso para mí. Llegamos y casi se me escapó una lágrima. ¡Nunca pensé que podría tener tantas ganas de volver a la facu!
Entré y la gente me miró más que en el colectivo. ¿Qué pasaba? Allí nunca me sentía observada. Él seguía sin entender. No me servía para nada sólo para hacerme doler los brazos, ponerme nerviosa y que la gente me mirara.
Se me acercó el guardia de seguridad y me dijo: “¿qué necesita señora?”. ¿Señora? ¿Desde cuándo?, pensé. La que no entendía nada en ese momento era yo. Le contesté un poco alterada: “yo estudio acá, me inscribí y vengo a las clases”. El señor me miró con una mezcla de desconcierto y lástima. Me dijo: “te entiendo pero con él- y lo miró-, no podés, tratá de dejarlo en algún lado”. Esas palabras fueron lo que me faltaba para tomar una decisión.
Al otro día, volví a hacer el recorrido de siempre, volví a la facu, a mi juventud perdida, a escuchar música en el fondo del colectivo, a que no me dejen el primer asiento, a que no me miran con lástima, a que no me duelan los brazos. Nunca más aquel bebé me volvería a molestar...
Ya no tengo nada más para decirle oficial, esto es lo que pasó”.

-Carolina Defiore-

Si queres...te cuento

¡Más cuentos para todos uds!

Gato
Me es imposible decir cómo aquella idea se me metió en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó día y noche. No me permitía hacer otra cosa. Tenía que tomar una decisión. Era ahora o nunca. Había pasado mucho tiempo pensando qué debía hacer. Estaba decidida a renunciar a la vida que llevaba.
Todas las noches a la 1:30 a.m. me despertaba con la idea de dejarlo y callar las voces que torturaban mis sueños. Desvelada, pasaba horas observando dormir al hombre que transformó mi vida. Como un ligero taladro en mi mente, me llevaba a descubrir un sentimiento que nunca había conocido. Como yo quería deshacerme de la persona que más amaba en la vida.
He vivido con él mucho tiempo, pero a pesar de eso nunca pude mirarlo fijamente a los ojos. Esquivaba su mirada, sus palabras. Me temblaban las piernas, sudaban mis manos y en más de una ocasión llegué a tartamudear al hablarle.
Amaba a ese hombre desde la primera vez que lo vi. Eso no había cambiado. Yo lo amo, y él a mí. Sabía que era la única mujer de su vida. Estaba segura de eso. Cómo no iba a ser así, si era su hija. Su única hija. Solíamos hacer todo juntos, era mi compañía. Pasaba horas viéndolo leer, como sus labios se movían suavemente, como por momentos sacudía su pie derecho al ritmo de la lectura, luego, se detenía por un instante y volvía a comenzar. Cuando me animaba le pedía que me leyera, me acostaba en sus hombros y escuchaba su voz mientras me quedaba totalmente dormida.

Hacía tiempo que convivir con mi padre había cambiado las cosas. Era diferente. No pasábamos tiempo juntos, y casi ya ni nos veíamos. Eran frecuentes nuestras peleas por razones banales. Ya el anhelo de vivir con un hombre así, con el tiempo, había desaparecido sin darme cuenta. Esas largas noches que solíamos pasar juntos hasta yo quedarme dormida, habían quedado como un gran recuerdo. Entender la razón del cambió ya no me preocupaba, quería que todo sea como antes.
Empezó a vestirse más elegante, perfume, corbata y unos lindos zapatos, que yo le había regalado la navidad pasada. Llegaba tarde, no comía conmigo. Era evidente, había conocido a una mujer. Estaba compartiéndolo con otra mujer. Creo que mis celos caprichosos ayudaron a que todo termine de esa manera. Pero, yo no los podía controlar.
Yo también era la responsable de ese cambió en nuestra relación. Pero lo entiendo ahora, después de todo lo que pasó. Estaba convencida en que debía irme de esa casa, dejarlo solo y no volver a verlo. Mi necio capricho por irme no me dejó pensar en mejorar las cosas. Pasaba los días enteros, de una forma egoísta, analizando y creando excusas baratas para deshacerme de él, que no llegaban a ningún lado.

Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrazaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en el objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los gatos. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo en mi personalidad creció conmigo, y cuando llegué a la adolescencia, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. No necesito explicar la naturaleza o la intensidad de la retribución recibida por el cariño experimentado por esos animales. Hay algo en el generoso amor de ellos que llega directamente en el corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y frágil fidelidad de un hombre.
Convivir con una persona que odiaba a un ser tan maravilloso como Hybris (tal era el nombre de mi gato), me desataba un sentimiento de irritabilidad.
Hybris había aparecido una noche lluviosa. Era un gato de un tamaño pequeño, pero hermoso. Completamente blanco, salvo por su cola que era negra. Se instaló en mi casa, a pesar del descontento de mi padre. Pasaba los días completos con él, se había convertido en mi única compañía. Me seguía por toda la casa y me costaba mucho impedir que anduviera tras de mi en la calle. Era evidente que ignoraba por completo la existencia de mi padre en la casa. Mi carácter y mi temperamento sufrieron una alteración a causa de este nuevo ser. Con el paso del tiempo, me fui volviendo más irritable, callada e indiferente a los sentimientos y necesidades ajenos. El mal humor ya era costumbre.
Ese animal me había ayudado a afrontar el cambió que estaba sufriendo mi relación con mi padre. Ya no extrañaba a ese hombre que pasaba días enteros junto a mí, en su lugar estaba ese gato, el hermoso gato que me invadía de tranquilidad al tocarlo. Tocarlo y mirarlo me llevaba más tiempo de lo que ustedes puedan imaginar.

Una noche me encontraba alimentando a Hybris en el comedor de la casa. Sin darme cuenta mi padre había vuelto embriagado, después de una larga tarde de recuerdos. Mi gato evitaba por completo su presencia. Entonces, con un nivel de violencia, mi papá intentó alzar a Hybris. Pero este, defendiéndose lo rasguñó profundamente en su cara. Inmediatamente una furia se apodero de él, no tenía control de si mismo. Sacó de su bolsillo una navaja, que llevaba siempre con él, y sin darle tiempo de reacción con, una sola apuñalada acabó con la vida de mi único amigo.
Al entrar a la habitación y ver a Hybris en el piso sobre un charco de sangre, no pude reaccionar al notar que mi padre estaba riéndose a causa del alcohol. Me desesperé en ir a tomar a Hybris, pero era en vano, él ya me había abandonado. Invadida por un instante de tristeza comencé a llorar. A partir de ese momento, las cosas no fueron igual. Él había matado a mi mascota, mi única compañía durante mucho tiempo. Estaba sorprendida, me negaba a afrontar la aceptación de la perdida de Hybris. Ya no iba a tener conmigo a ese pequeño pero hermoso gato.
No supe qué hacer, no sabía qué decisión debía tomar. Sabía que esta situación tenía que terminar. E iba a terminar. Ya no podía convivir más con ese hombre. Todo había acabado, ya no encontraba ninguna razón por la que cometí semejante acción. Mi padre nunca había aceptado la presencia de mi gato en la casa, pero ese motivo carecía de importancia para mí.
Desde ese día, en que todo paso, me despertaba develada todas las noche 1:30 a.m. y observaba a ese hombre, sin poder justificar su acción. No lo podía aceptar pero, me quería deshacer de él sin importarme como. Ya no quería vivir con una persona así.
Sin decirle ni una palabra, junté mis cosas y me alejé de él. No podíamos mentir más. Era lo mejor. Me fui de la casa. Abandoné al hombre con el que había vivido durante mucho tiempo, al hombre que más amaba.
-Daniela Slavich-


SD (Sabía Demasiado)
“No digo una palabra: continúo mirando la carne de sus blancos cuellos, bordados de locos mechones; persigo, bajo la blusa y los frágiles atavíos, el divino dorso parejo a la curva de sus hombros".

Arthur Rimbaud

Volvía inusualmente agotada de trabajar. Era una noche sin luna y algo nublada. El sol se hacía esperar sobre el todavía oscuro cielo de Buenos Aires. Con paso firme y apretado y con la única intención de llegar a su hogar, se disponía a conseguir un taxi. La cabeza le daba vueltas. Si bien estaba acostumbrada a tomar, la falta de sueño producía una sensación molesta en su cuerpo. El negocio era exigente y ella siempre debía estar con la mejor cara. Estaba cansada de trabajar por la noche. Sin embargo, no quería rehusar a las comodidades y los pequeños lujos que se podía dar llevando ese estilo de vida.
Por “Ale” se la conocía. Llevaba casi 2 años en el negocio de los clubes nocturnos y los bailes eróticos. El club “Hipopótamo” ubicado en el barrio de la Recoleta a unas pocas cuadras del cementerio, atraía gente de clase social media alta. Ella además de bailar tenía una considerable agenda de clientes entre los cuales figuraban políticos así como también empresarios.
La noche es complicada y en ocasiones un tanto violenta. Ella no era ajena a estas cosas, por eso prefería mantener un perfil medio-bajo. Cumplir su trabajo, dar un buen show y dejar satisfechos a los clientes. Su relación con estos era pura y exclusivamente por negocios, no así como muchas de sus compañeras de trabajo, las cuales en más de una oportunidad tuvieron problemas.
Nunca había ocurrido un episodio tan grave como el que aconteció en ese último mes. Una de sus compañeras, de esas que se metían en problemas, apareció muerta en su

departamento. Aparentemente fue un crimen. El mismo fue tapa de todos los diarios en las últimas semanas.
Ale conocía poco a su compañera, era una de tantas, algo despistada y prepotente, pero de curvas muy atractivas y sonrisa amistosa. Ella fue la última persona que la vio con vida. Incluso esta le habría comentado que pasaría la noche con el hijo de un político, de apellido Sosa.
Un apellido fuerte, teniendo en cuenta que la ciudad se encontraba en plena campaña electoral para la elección de jefe de gobierno. Sexo, drogas y prostituciòn, eran ingredientes de este crimen. Un escándalo en puerta, mucho poder y mucho en juego. Si más detalles sobre este crimen salían a la luz, seguramente sería catastrófico para este hombre.
Personal de seguridad así como también empleados del club, en sus declaraciones aseguraron haber visto, en la noche del crimen, el momento en que Ale y la victima intercambiaron palabras antes de que esta se retirara del club. Esto la convertía en la última persona que tuvo contacto con la misma. Por lo cual ella sabía que en los días siguientes debería presentarse a prestar declaración al juzgado. Estaba nerviosa porque entendía perfectamente la situación, le daba miedo, era gente pesada la que estaba en el fondo de esto.
La calle, prácticamente vacía. El semáforo se puso en rojo y permitió ver en la esquina opuesta el rostro de un policía que fumaba recostado contra la pared. A lo lejos, una luz que lentamente y como buscando algo se aproximó hacía ella. Levantando la mano hizo una seña y el vehículo se detuvo, era un taxi.
-Buenas noches hasta Plaza Serrano ¿puede ser?- Dijo ella aliviada de por fin estar sentada. El auto arrancó dando pequeños saltitos por el pintoresco adoquinado que cubría el suelo de la calle.
Un pequeño pasaje ubicado a media cuadra del complejo de bares que rodean la plaza en pleno Palermo, era un lugarcito como estancado en el tiempo. Poco iluminado, el
mismo rara vez frecuentado, excepto en verano donde algunas parejas se ocultaban de la luz entre risas y toqueteos. Unos cincuenta metros de largo aproximadamente, hacía que el mismo fuera un conveniente atajo entre las calles Serrano y Gurruchaga. A lo largo de este, se acomodaban casas bajas una al lado de la otra, colores pasteles ventanas con rejas metálicas y algunas con portones de hierro antiguo.
Un hombre aguardaba entre las sombras, con la mirada en una de las casas, llevaba media hora vigilando ese lugar. El barullo de la gente y la música de reggaeton apenas se hacía presente en la escena. Estaba bien vestido. El traje oscuro y la camisa del mismo color, zapatos con suela de goma. Inmóvil sin hacer ningún ruido, simplemente esperaba como una fiera agazapada a su presa. La luz de una de las ventanas de la casa que observaba se apagó. Esa fue la señal para entrar en acción.
Cruzó la minúscula calle, y tomando carrera se abalanzó contra una pared, rebotó con sus pies y con el mismo impulso pasó por encima el portón de hierro de casi dos metros de altura que separaba la casa del pasaje. El salto tuvo como destino final el pequeño jardín delantero de la casa. Se detuvo por unos instantes para escuchar y todo seguía tan calmo como al principio. La fachada de la casa era de ladrillos con pequeñas salientes lo que permitió un no muy costoso ascenso. Tomado firmemente del borde de la ventana y teniendo como apoyó las salientes de los ladrillos, esperó unos minutos, recuperó el aliento y con extrema suavidad, abrió la ventana.
La oscuridad reinaba en la habitación y el olor dulzón a perfume y cosméticos baratos, mezclado con cigarrillo que flotaba en el aire, le indicaba que era el lugar correcto. Los zapatos con suela de goma permitían desplazarse por el sitio con mucho sigilo. Se limitó a escuchar un instante hasta que detectó el sonido de un suave ronquido muy próximo a su posición. Una vez que sus ojos se acostumbraron al ambiente, la ínfima luz que provenía de la calle permitió ver el contorno de un cuerpo acostado en una cama. Estaba en la habitación. Muy despacio se acercó al pie de la cama, tomó un zapato y el cordón de la bata de seda que estaba tirada en el suelo. Luego, de la misma forma, se ocultó nuevamente tras las cortinas. Esperó un instante y luego hizo su jugada. Arrojó el zapato en medio de la habitación. Este hizo un fuerte ruido al impactar en el piso de madera y en cuestión de segundos obtuvo la respuesta esperada. En la oscuridad se escuchó una voz femenina que dijo: ¿Quién anda ahí?
Como si ella fuese cómplice de la situación, hizo exactamente lo que el hombre del traje oscuro supuso que haría. Se encendió un velador, cuya luz tenue permitió ver el rostro de una muchacha morena, en ropa interior, de atractiva figura. Apoyar los pies en el suelo fue como pisar la tela de una araña. Caminó hacia el medio de la habitación con pasos lentos, al mismo tiempo el hombre oculto detrás de las cortinas enrollaba el lazo de la bata de seda en sus manos. Dando la espalda a su “invitado”, la muchacha se detuvo al ver el zapato en el suelo. El hombre abrió las cortinas y con una rapidez casi imperceptible pasó el lazo por encima de la cabeza de la joven, lo cruzó y lo apretó fuerte contra su garganta. Apoyó su rodilla contra la espalda de la muchacha obligándola a caer. La aplastó contra el piso. Un ahogado grito se fue transformando lentamente en un gemido agudo. Arrodillado sobre el cuerpo, tiraba del lazo con firmeza pero no con demasiada fuerza, evitando así dejar marcas. Quedó en esa posición por un rato contemplando el cuerpo de su víctima que con sus manos arañaba el piso de madera mientras que su cuerpo se retorcía levemente bajo el peso del hombre. Observó inexpresivo cómo los movimientos eran cada vez menos convulsivos hasta transformarse en una agonía. Cual signo de algo anunciado, la pobre victima “Sabía Demasiado”.
Luego de arreglar la escena apagó la luz, se dirigió hasta la ventana, la abrió, se volvió para acomodar las cortinas y dejó la ventana como la había encontrado. Bajó del mismo modo en el que ascendió, sorteó el portón de hierro y se perdió entre las calles de una recién amanecida y ruidosa Buenos Aires.


“¿Es imaginable un ciudadano que no posea un alma de asesino?”
Emil Michel Cioran

-Matías Ozuna-

¡Quedate que te cuento!

Compartimos con uds algunos de los cuentos de la Comisión 17...¡Disfrútenlos!


Coming back

Aeropuerto Internacional de Ezeiza Ministro Pistarini, más conocido como Ezeiza a secas. Era el mediodía de un domingo 8 de marzo, soleado y con unos calurosos 30ºC que me recibían después de tres crueles meses de invierno. Cuando aterricé y escuché la bienvenida a Buenos Aires por parte del piloto sentí una sensación muy extraña dentro mío, indescriptible; mezcla de tristeza y alegría, emoción y desesperación.
Bajar del avión, sellar los papeles de llegada, pasar por la aduana, esperar las valijas, mucha burocracia para algo que yo esperaba desde hacía mucho tiempo. Había estado prácticamente todo el año pensando en ese día. Solo una pared y unos pocos metros me separaban de mi familia que me estaba esperando con ansias, de mi mundo al que no veía hacía un año. Ni bien respiré el aire porteño sentí ese olor a Argentina que tanto extrañaba, y vi todo celeste y blanco alrededor mío; en ese momento reaccioné y me di cuenta de que ya estaba acá, ya estaba de vuelta.
Había mucha gente alrededor hablando varios idiomas distintos, pero especialmente castellano rioplatense, ese que tiene el acento especial que es tan lindo. Completé el papelerío y esperé por mi valija que no llegaba. Esperé por esa valija rosa un tiempo que me pareció una eternidad. Y ahí llegó la rosita, última, como no podía ser de otra manera. Con el carrito de las valijas, atravesé la puerta corrediza, tiré todo, y corrí a abrazarlos a ellos, que ahí me estaban esperando. ¡Ya estaba de vuelta! La espera había terminado; ya estaba de vuelta en mi tierra lista para regresar a mi vida.
Mi primera semana en Argentina fue hermosa, pasé mucho tiempo con mi familia y mis amigos, a quienes había extrañado muchísimo. No podía creer estar de vuelta con todos ellos. ¡Y no podía creer estar disfrutando los placeres que no pude disfrutar estando afuera! El dulce de leche, los matecitos de la tarde, el asado, las pastas de la abuela, los domingos en la cancha, y todas esas cosas bien argentinas que tanto necesitaba volver a vivir y disfrutar.
Pero más allá de todas esas buenas cosas que necesitaba, había otra que no podía seguir estirando: Él.
Él me estaba esperando desde el momento en que partí, y yo sentí lo mismo cuando me alejé, y creí que seguiría sintiendo lo mismo el día de la llegada; pero ahora no estaba demasiado segura de si eso era así o no. Muchas cosas habían sucedido a lo largo del año, y muchas otras habían cambiado. Pero de algo yo estaba muy segura: tenía que verlo, necesitaba ver qué sentía cuando lo viera por primera vez después de todo ese tiempo, y ver también qué sentía él, por supuesto, porque seguramente yo no era la única con los sentimientos cruzados.
Él me había propuesto juntarnos para charlar, varias veces ya, pero yo siempre tenía una excusa diferente para evitarlo. Estaba un poco asustada, pero en esos días decidí buscar el momento justo para llamarlo y planear un encuentro.
Y así sucedió. Hablamos por teléfono, y decidimos encontrarnos en un bar. La cita se había planeado para el día siguiente a las 6 de la tarde.
Esa noche anterior al reencuentro estuve muy nerviosa, demasiado para mi gusto. No tenía hambre, tenía el estómago cerrado, así que tomé un té y me acosté a dormir temprano. Mi pieza estaba igual que siempre, con mi acolchado rosa que había tejido mi abuela cuando yo tenía 9 años, mis peluches sobre la cama, la tele en el mismo lugar. Incluso mis cd’s de Oasis estaban ordenados de la misma forma que yo los había dejado el año anterior. Eso seguramente había sido obra de mi mamá, para que yo sintiera que nada había cambiado durante mi ausencia. Pero había algo que había cambiado en esa habitación, y ese algo era yo.
Aunque me cueste admitirlo yo ya no era la misma. Exteriormente estaba igual. Con unos kilitos de más, pero la misma fachada. Interiormente era diferente, más madura podría ser, con una visión distinta de la realidad.
La mañana siguiente no fue muy especial, pero sí lo fue la tarde. Me estuve preparando para la cita acordada. Quería estar llamativa, aunque en realidad no sé bien por qué, porque él ya me conocía, y presentarme menos o más llamativa no iba a cambiar las cosas, ni su forma de verme. Pero estaba asustada. ¿Y si lo veía y me daba cuenta de que no me gustaba más? ¿Y si él me decía que quería pasar el resto de su vida conmigo y yo no? ¿Y si me declaraba su amor? No quería romperle el corazón, pero tampoco podía hacer algo que yo no quisiera, no podía obligarme a mi misma a sentir algo que no sentía. Muchas veces el corazón no tiene explicaciones, y tenemos que entenderlo de alguna manera.
Llegué 6.15 pm, tenía que hacerlo esperar un poquito, no podía ser puntual; pero me llevé una sorpresa cuando llegué al bar y él no estaba, la que tuvo que esperarlo fui yo. Me senté en una mesa para cuatro, aunque sólo seríamos dos. La mesa estaba junto a la ventana que daba a la avenida. El día estaba gris, “probabilidad de chaparrones” había dicho el servicio meteorológico. Por el vidrio empañado se veía a la gente abrigada caminando por la calle, y algunos precavidos llevaban paraguas; pero yo me había sacado la campera porque adentro la calefacción estaba alta.
Estaba un poco cansada, todavía no había terminado de adaptarme al brusco cambio de estaciones. Me senté y me acomodé en la silla. Esperé un buen rato, cerré un instante los ojos, y cuando los abrí: ahí estaba él, mirándome directamente.
Me dijo que el colectivo había tardado mucho en pasar, que disculpara la tardanza. Demostré poco interés en el asunto de su impuntualidad, aunque en realidad sí me molestaba. En ese momento noté que él también había cambiado, porque si había algo que a él no le gustaba era la impuntualidad, y ahora estaba sucediéndole, y justamente conmigo.
Lo peor fue empezar la conversación, romper el hielo. No sé por qué pero nos sentíamos como dos extraños, o por lo menos eso sentía yo. Era como si estuviera sentada con una persona a la cual apenas conocía, sin embargo no era así, o por lo menos eso creía yo. Lo vi cambiado, físicamente hablando. Estaba más formado, como si hubiera estado yendo al gimnasio, más musculoso. Tenía el pelo un poco largo, le pasaba las orejas, y eso que él siempre criticó a los que se dejaban crecer mucho el pelo. Tenía barba, parece que no le importó el hecho de que a mí me molestaba la barba, o quizá había olvidado ese detalle. Estaba más lindo; pero eso no iba a cambiar las cosas, por lo menos para mí. Se había puesto una camisa rayada blanca y celeste con los primeros dos botones desprendidos, un jean desgastado, zapatillas blancas y azules, y tenía el pelo despeinado, desarreglado.
Fue él quien empezó a hablar, preguntándome cómo había estado todo este tiempo y cómo la había pasado lejos de Argentina. Le conté bastante detalladamente mi experiencia en el exterior, lo difícil que había sido vivir tan lejos de casa, pero la hermosa experiencia que había tenido. Le conté de la gente que había conocido, de los amigos que había hecho, de lo que había estudiado, y de lo que había trabajado. También me preguntó de los lugares que había visitado. Y traté de explicarle lo que había sentido desde el momento que subí al avión hasta el momento en que aterricé en Ezeiza y me reencontré con mi familia. Me preguntó por ellos, hacía mucho que no los veía porque ya no existía excusa para visitar mi casa cuando yo no estaba presente.
Por supuesto no faltó la pregunta que yo temía que él hiciera: si algún “yanqui” me había enamorado. Le respondí francamente que no, que había estado muy ocupada entre el trabajo, el estudio, y el estrés que la experiencia me provocaba, y que no había tenido tiempo para enamorarme. Era la verdad. Me asusté un poco al pensar que en ese momento podía llegar la confesión de amor, la propuesta de noviazgo, o de un intento por lo menos. Yo no quería volver con él. Recién había llegado a Buenos Aires y tenía muchas cosas en que pensar, necesitaba organizar mi cabeza. Quería seguir estudiando y buscar un trabajo, disfrutar de mis amigos, de mi familia. No tenía tiempo para un novio. Y justamente él, a quien yo conocía desde hacía tantos años, habíamos compartido tanto tiempo juntos, tantos recuerdos, yo no podía romperle el corazón de esa forma. Tenía que encontrar una manera de decírselo sutilmente, para que no sufriera. Debía encontrar la forma de explicarle mi situación, de decirle que estábamos atravesando distintos niveles en nuestras vidas y no era el momento de estar juntos, de volver a intentarlo.
Entonces fue cuando salieron las palabras de su boca. Atravesaron mi oído y llegaron a mi cerebro, que pareció no haber procesado bien lo que escuchaba.
Me dijo que no quería hacerme perder el tiempo, y que iba a ser directo. Me confesó que estaba en pareja desde hacía varios meses, y que estaba muy bien. Había tratado de esperarme pero las cosas se fueron de sus manos, apareció alguien en su vida, y se enamoró. Había pensado en decírmelo antes pero creyó que no era una buena idea no hacerlo cara a cara, por eso esperó hasta verme, hasta tenerme en frente. Me dijo que no quería verme más, que ese día se había juntado conmigo para terminar todo, porque él ahora estaba atravesando un hermoso momento y no quería arruinarlo por nada.
Yo no podía creer lo que estaba escuchando. ¿Cómo podía hacerme eso a mí? ¿Cómo fue que se enamoró de otra? ¿Quién era esa persona que lo sacaba de mi camino? Por un momento pensé que mi vuelta a la Argentina fue la peor decisión que pude haber tomado. “Si me hubiera quedado esto no habría sucedido” dije para mis adentros. Me di cuenta de que ya lo había perdido, él parecía muy sincero, y no demostraba interés en cambiar las cosas.
Yo quedé atónita. Le dije que estaba bien, que me alegraba de que él estuviera contento, y que era lo mejor para ambos.
Sentí un ruido. En ese instante abrí los ojos, y me di cuenta de que estaba sola. Sentí frio, me incorporé en la silla, y al mirar hacia la puerta del bar lo vi a él entrando, que recién llegaba, y venía hacia mí. Me había quedado dormida durante la espera.
…Fue él quien empezó a hablar, preguntándome cómo había estado todo este tiempo y cómo la había pasado lejos de Argentina.
“No quiero hacerte perder el tiempo, voy a ser directo…” fueron sus palabras.

-Alina Salas-




Para entrar en el cielo no es preciso morir.

“Alguien tiene que sentarse a mirar lo que sucede en esta ciudad presumida. El poder ciego permite el avance de estatuas desgraciadas”
Anotaciones sobre la cuidad (2) de Anahí Lanzzaroni.
Cada mañana el sonido del despertador marca las 7:45 y me levanto, me cambio y luego de cepillarme los dientes y lavarme la cara, salgo hacia el trabajo. Casi las 8:30 de la mañana, los bocinazos y los frenos de los autos terminan por despabilarme.
Cuando el tránsito comienza a aumentar, sé que estoy llegando y es hora de bajarme del colectivo.
Mientras camino hacia el lugar que me asignaron para trabajar, observo cómo está de ánimo la gente, para intentar adivinar cómo me irá hoy.
En la esquina, me detengo en el carrito de Don Julio para comprarle un café, que cada vez que pasa un mes, me da uno gratis.
La calle Florida es mi segundo hogar, o quizás el primero. Paso aquí todos los días de mi vida, hace casi ocho años. No tengo un horario fijo, pero trato de no perderme ninguna oportunidad para conseguir una monedita.
Luego de vestirme con mi traje blanco y maquillarme, acomodo mi banquito y me convierto en una estatua, y la verdad, me gusta ser estatua.
Al terminar cada día vi pasar tanta gente, trabajadores, no tan trabajadores, jóvenes y turistas, que generalmente son los que salvan mi día, y tantas caras que probablemente no recuerde ninguna. También siempre observo a José y Sofía que son los que trabajan en los puestitos de flores. A Carlos que intenta vender sus pinturas, que, a veces pienso, que si yo tuviera plata, no sé si las compraría.
Hay veces que me canso de estar en la misma posición durante horas, pero me considero un artista y lo que hago alegra el día de algunas personas. Por momentos, hasta pienso que me gustaría ser una estatua de verdad, porque cuando tengo el disfraz es el único instante que me siento admirado o valorado por las personas. Mi vida no ha sido fácil, creo que por eso estoy aquí.
Llegando las 18:00hs. comienza la mejor parte del día, las calles se inundan, la mayoría de la gente vuelve del trabajo, por lo que se pueden hacen 5 minutos para mirarme. También hay gente que sale a pasear y muchos niños, que es mi público preferido, quizás porque me recuerdan a mis hijos.
Cuando oscurece, antes de irme, me detengo a observar el paisaje. Las luces de los faroles y los negocios cerrados, lo convierten a la calle florida en un lugar muy diferente.
Cuando regreso a casa, prefiero ir caminando, para poder admirar a las verdaderas estatuas. Desvío mi camino para observar a la estatua del General Juan Manuel de Rosas, que está ubicada en el cruce de las avenidas Sarmiento y Libertador. Tiene más de diez metros de altura y por la noche, por la iluminación tan especial, pareciera que el General tiene movimiento arriba de su caballo. Luego paseo por los Bosques de Palermo donde me encuentro con esculturas de Caperucita Roja, George Washington, Williams Shakespeare y la de una mujer perfecta, pienso cada vez que la veo. A veces la miro por horas, y luego de estar satisfecho de haber visto tanta hermosura, sigo el camino a mi casa.
Antes de acostarme, siempre me bañaba y mientras el agua de la ducha se mezclaba con las lágrimas de mi soledad, me preguntaba si alguna noche tendría el valor, de una vez por todas, dejar este mundo que lentamente me estaba matando.
Así fueron pasando los días, y yo seguía igual. Continuamente sentía un profundo dolor en el pecho, que sólo se desvanecía cuando alguien admiraba mi arte.
Una noche, cuando llegué a ella, mi mujer perfecta, no soporté más y rompí en llanto. La paz que en ella veía cada noche, me hacía desear más y más mi muerte. Me acerqué, y lentamente acaricié sus piernas, incliné mi cabeza y cerré mis ojos intentando contener mi tristeza y desesperación.
En ese preciso instante escuché una voz, una tenue y suave voz, que tranquilizó mis instintos, murmurando: “no tienes que sentirte ahogado joven, hay tiempo para salvar tu alma”.
Sorprendido y un poco asustado, no lo dudé y la miré, sabía que era su voz. Al levantar mi cabeza quedé atónito con sus deslumbrantes ojos negros, y sin dejar de mirarla, sonreí. Ella también sonrió, agachando su cabeza y secando mis lágrimas dijo: “Te aseguro que te entiendo más de lo que crees, yo comprendo tu sufrimiento, tu dolor y sobre todo tu soledad. Pero la muerte no es la solución, porque dejarías a tu alma aquí, ella no podría ir al cielo y continuaría luchando con tu sufrimiento”.
Sin entender mucho de lo que decía, la interrumpí… ¿Pero cómo me libero de tanto sufrimiento? No quiero seguir viviendo así. ¡Ayúdame por favor! Exclame con desesperación. Y ella continuó…
“En este mundo cada persona tiene su alma, pero en esta cuidad, hay escasez, no quiere decir que falten, sino que muy pocos se dejan dominar por ellas. Y por las acciones de esas personas que no dejan dominarse, nosotros hacemos sufrir a nuestras almas, sin necesidad. Por eso yo decidí trasformarme en esto que soy. Permití que mi alma se escapase de mi cuerpo para que no sufriera lo que yo sufría. Pero no morí, yo sigo estando aquí”.
Luego de horas de hablar y hablar con ella, sentí que era la única persona que me entendía y decidí que aquella noche prefería perder mi alma, que perderla a ella.
Caminamos juntos de la mano toda la noche, alrededor del lago y justo antes del amanecer, la besé, como si fuera la última vez.


Lentamente me desprendí de él, y de su dolor. Y mientras me alejaba volteé y los vi. Justo en la orilla del lago de los Bosques, una perfecta escultura de dos enamorados.

FIN.
-Lucía Torres-

Nueva produccion Patafísica