miércoles, 25 de noviembre de 2009

Si queres...te cuento

¡Más cuentos para todos uds!

Gato
Me es imposible decir cómo aquella idea se me metió en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó día y noche. No me permitía hacer otra cosa. Tenía que tomar una decisión. Era ahora o nunca. Había pasado mucho tiempo pensando qué debía hacer. Estaba decidida a renunciar a la vida que llevaba.
Todas las noches a la 1:30 a.m. me despertaba con la idea de dejarlo y callar las voces que torturaban mis sueños. Desvelada, pasaba horas observando dormir al hombre que transformó mi vida. Como un ligero taladro en mi mente, me llevaba a descubrir un sentimiento que nunca había conocido. Como yo quería deshacerme de la persona que más amaba en la vida.
He vivido con él mucho tiempo, pero a pesar de eso nunca pude mirarlo fijamente a los ojos. Esquivaba su mirada, sus palabras. Me temblaban las piernas, sudaban mis manos y en más de una ocasión llegué a tartamudear al hablarle.
Amaba a ese hombre desde la primera vez que lo vi. Eso no había cambiado. Yo lo amo, y él a mí. Sabía que era la única mujer de su vida. Estaba segura de eso. Cómo no iba a ser así, si era su hija. Su única hija. Solíamos hacer todo juntos, era mi compañía. Pasaba horas viéndolo leer, como sus labios se movían suavemente, como por momentos sacudía su pie derecho al ritmo de la lectura, luego, se detenía por un instante y volvía a comenzar. Cuando me animaba le pedía que me leyera, me acostaba en sus hombros y escuchaba su voz mientras me quedaba totalmente dormida.

Hacía tiempo que convivir con mi padre había cambiado las cosas. Era diferente. No pasábamos tiempo juntos, y casi ya ni nos veíamos. Eran frecuentes nuestras peleas por razones banales. Ya el anhelo de vivir con un hombre así, con el tiempo, había desaparecido sin darme cuenta. Esas largas noches que solíamos pasar juntos hasta yo quedarme dormida, habían quedado como un gran recuerdo. Entender la razón del cambió ya no me preocupaba, quería que todo sea como antes.
Empezó a vestirse más elegante, perfume, corbata y unos lindos zapatos, que yo le había regalado la navidad pasada. Llegaba tarde, no comía conmigo. Era evidente, había conocido a una mujer. Estaba compartiéndolo con otra mujer. Creo que mis celos caprichosos ayudaron a que todo termine de esa manera. Pero, yo no los podía controlar.
Yo también era la responsable de ese cambió en nuestra relación. Pero lo entiendo ahora, después de todo lo que pasó. Estaba convencida en que debía irme de esa casa, dejarlo solo y no volver a verlo. Mi necio capricho por irme no me dejó pensar en mejorar las cosas. Pasaba los días enteros, de una forma egoísta, analizando y creando excusas baratas para deshacerme de él, que no llegaban a ningún lado.

Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrazaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en el objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los gatos. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo en mi personalidad creció conmigo, y cuando llegué a la adolescencia, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. No necesito explicar la naturaleza o la intensidad de la retribución recibida por el cariño experimentado por esos animales. Hay algo en el generoso amor de ellos que llega directamente en el corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y frágil fidelidad de un hombre.
Convivir con una persona que odiaba a un ser tan maravilloso como Hybris (tal era el nombre de mi gato), me desataba un sentimiento de irritabilidad.
Hybris había aparecido una noche lluviosa. Era un gato de un tamaño pequeño, pero hermoso. Completamente blanco, salvo por su cola que era negra. Se instaló en mi casa, a pesar del descontento de mi padre. Pasaba los días completos con él, se había convertido en mi única compañía. Me seguía por toda la casa y me costaba mucho impedir que anduviera tras de mi en la calle. Era evidente que ignoraba por completo la existencia de mi padre en la casa. Mi carácter y mi temperamento sufrieron una alteración a causa de este nuevo ser. Con el paso del tiempo, me fui volviendo más irritable, callada e indiferente a los sentimientos y necesidades ajenos. El mal humor ya era costumbre.
Ese animal me había ayudado a afrontar el cambió que estaba sufriendo mi relación con mi padre. Ya no extrañaba a ese hombre que pasaba días enteros junto a mí, en su lugar estaba ese gato, el hermoso gato que me invadía de tranquilidad al tocarlo. Tocarlo y mirarlo me llevaba más tiempo de lo que ustedes puedan imaginar.

Una noche me encontraba alimentando a Hybris en el comedor de la casa. Sin darme cuenta mi padre había vuelto embriagado, después de una larga tarde de recuerdos. Mi gato evitaba por completo su presencia. Entonces, con un nivel de violencia, mi papá intentó alzar a Hybris. Pero este, defendiéndose lo rasguñó profundamente en su cara. Inmediatamente una furia se apodero de él, no tenía control de si mismo. Sacó de su bolsillo una navaja, que llevaba siempre con él, y sin darle tiempo de reacción con, una sola apuñalada acabó con la vida de mi único amigo.
Al entrar a la habitación y ver a Hybris en el piso sobre un charco de sangre, no pude reaccionar al notar que mi padre estaba riéndose a causa del alcohol. Me desesperé en ir a tomar a Hybris, pero era en vano, él ya me había abandonado. Invadida por un instante de tristeza comencé a llorar. A partir de ese momento, las cosas no fueron igual. Él había matado a mi mascota, mi única compañía durante mucho tiempo. Estaba sorprendida, me negaba a afrontar la aceptación de la perdida de Hybris. Ya no iba a tener conmigo a ese pequeño pero hermoso gato.
No supe qué hacer, no sabía qué decisión debía tomar. Sabía que esta situación tenía que terminar. E iba a terminar. Ya no podía convivir más con ese hombre. Todo había acabado, ya no encontraba ninguna razón por la que cometí semejante acción. Mi padre nunca había aceptado la presencia de mi gato en la casa, pero ese motivo carecía de importancia para mí.
Desde ese día, en que todo paso, me despertaba develada todas las noche 1:30 a.m. y observaba a ese hombre, sin poder justificar su acción. No lo podía aceptar pero, me quería deshacer de él sin importarme como. Ya no quería vivir con una persona así.
Sin decirle ni una palabra, junté mis cosas y me alejé de él. No podíamos mentir más. Era lo mejor. Me fui de la casa. Abandoné al hombre con el que había vivido durante mucho tiempo, al hombre que más amaba.
-Daniela Slavich-


SD (Sabía Demasiado)
“No digo una palabra: continúo mirando la carne de sus blancos cuellos, bordados de locos mechones; persigo, bajo la blusa y los frágiles atavíos, el divino dorso parejo a la curva de sus hombros".

Arthur Rimbaud

Volvía inusualmente agotada de trabajar. Era una noche sin luna y algo nublada. El sol se hacía esperar sobre el todavía oscuro cielo de Buenos Aires. Con paso firme y apretado y con la única intención de llegar a su hogar, se disponía a conseguir un taxi. La cabeza le daba vueltas. Si bien estaba acostumbrada a tomar, la falta de sueño producía una sensación molesta en su cuerpo. El negocio era exigente y ella siempre debía estar con la mejor cara. Estaba cansada de trabajar por la noche. Sin embargo, no quería rehusar a las comodidades y los pequeños lujos que se podía dar llevando ese estilo de vida.
Por “Ale” se la conocía. Llevaba casi 2 años en el negocio de los clubes nocturnos y los bailes eróticos. El club “Hipopótamo” ubicado en el barrio de la Recoleta a unas pocas cuadras del cementerio, atraía gente de clase social media alta. Ella además de bailar tenía una considerable agenda de clientes entre los cuales figuraban políticos así como también empresarios.
La noche es complicada y en ocasiones un tanto violenta. Ella no era ajena a estas cosas, por eso prefería mantener un perfil medio-bajo. Cumplir su trabajo, dar un buen show y dejar satisfechos a los clientes. Su relación con estos era pura y exclusivamente por negocios, no así como muchas de sus compañeras de trabajo, las cuales en más de una oportunidad tuvieron problemas.
Nunca había ocurrido un episodio tan grave como el que aconteció en ese último mes. Una de sus compañeras, de esas que se metían en problemas, apareció muerta en su

departamento. Aparentemente fue un crimen. El mismo fue tapa de todos los diarios en las últimas semanas.
Ale conocía poco a su compañera, era una de tantas, algo despistada y prepotente, pero de curvas muy atractivas y sonrisa amistosa. Ella fue la última persona que la vio con vida. Incluso esta le habría comentado que pasaría la noche con el hijo de un político, de apellido Sosa.
Un apellido fuerte, teniendo en cuenta que la ciudad se encontraba en plena campaña electoral para la elección de jefe de gobierno. Sexo, drogas y prostituciòn, eran ingredientes de este crimen. Un escándalo en puerta, mucho poder y mucho en juego. Si más detalles sobre este crimen salían a la luz, seguramente sería catastrófico para este hombre.
Personal de seguridad así como también empleados del club, en sus declaraciones aseguraron haber visto, en la noche del crimen, el momento en que Ale y la victima intercambiaron palabras antes de que esta se retirara del club. Esto la convertía en la última persona que tuvo contacto con la misma. Por lo cual ella sabía que en los días siguientes debería presentarse a prestar declaración al juzgado. Estaba nerviosa porque entendía perfectamente la situación, le daba miedo, era gente pesada la que estaba en el fondo de esto.
La calle, prácticamente vacía. El semáforo se puso en rojo y permitió ver en la esquina opuesta el rostro de un policía que fumaba recostado contra la pared. A lo lejos, una luz que lentamente y como buscando algo se aproximó hacía ella. Levantando la mano hizo una seña y el vehículo se detuvo, era un taxi.
-Buenas noches hasta Plaza Serrano ¿puede ser?- Dijo ella aliviada de por fin estar sentada. El auto arrancó dando pequeños saltitos por el pintoresco adoquinado que cubría el suelo de la calle.
Un pequeño pasaje ubicado a media cuadra del complejo de bares que rodean la plaza en pleno Palermo, era un lugarcito como estancado en el tiempo. Poco iluminado, el
mismo rara vez frecuentado, excepto en verano donde algunas parejas se ocultaban de la luz entre risas y toqueteos. Unos cincuenta metros de largo aproximadamente, hacía que el mismo fuera un conveniente atajo entre las calles Serrano y Gurruchaga. A lo largo de este, se acomodaban casas bajas una al lado de la otra, colores pasteles ventanas con rejas metálicas y algunas con portones de hierro antiguo.
Un hombre aguardaba entre las sombras, con la mirada en una de las casas, llevaba media hora vigilando ese lugar. El barullo de la gente y la música de reggaeton apenas se hacía presente en la escena. Estaba bien vestido. El traje oscuro y la camisa del mismo color, zapatos con suela de goma. Inmóvil sin hacer ningún ruido, simplemente esperaba como una fiera agazapada a su presa. La luz de una de las ventanas de la casa que observaba se apagó. Esa fue la señal para entrar en acción.
Cruzó la minúscula calle, y tomando carrera se abalanzó contra una pared, rebotó con sus pies y con el mismo impulso pasó por encima el portón de hierro de casi dos metros de altura que separaba la casa del pasaje. El salto tuvo como destino final el pequeño jardín delantero de la casa. Se detuvo por unos instantes para escuchar y todo seguía tan calmo como al principio. La fachada de la casa era de ladrillos con pequeñas salientes lo que permitió un no muy costoso ascenso. Tomado firmemente del borde de la ventana y teniendo como apoyó las salientes de los ladrillos, esperó unos minutos, recuperó el aliento y con extrema suavidad, abrió la ventana.
La oscuridad reinaba en la habitación y el olor dulzón a perfume y cosméticos baratos, mezclado con cigarrillo que flotaba en el aire, le indicaba que era el lugar correcto. Los zapatos con suela de goma permitían desplazarse por el sitio con mucho sigilo. Se limitó a escuchar un instante hasta que detectó el sonido de un suave ronquido muy próximo a su posición. Una vez que sus ojos se acostumbraron al ambiente, la ínfima luz que provenía de la calle permitió ver el contorno de un cuerpo acostado en una cama. Estaba en la habitación. Muy despacio se acercó al pie de la cama, tomó un zapato y el cordón de la bata de seda que estaba tirada en el suelo. Luego, de la misma forma, se ocultó nuevamente tras las cortinas. Esperó un instante y luego hizo su jugada. Arrojó el zapato en medio de la habitación. Este hizo un fuerte ruido al impactar en el piso de madera y en cuestión de segundos obtuvo la respuesta esperada. En la oscuridad se escuchó una voz femenina que dijo: ¿Quién anda ahí?
Como si ella fuese cómplice de la situación, hizo exactamente lo que el hombre del traje oscuro supuso que haría. Se encendió un velador, cuya luz tenue permitió ver el rostro de una muchacha morena, en ropa interior, de atractiva figura. Apoyar los pies en el suelo fue como pisar la tela de una araña. Caminó hacia el medio de la habitación con pasos lentos, al mismo tiempo el hombre oculto detrás de las cortinas enrollaba el lazo de la bata de seda en sus manos. Dando la espalda a su “invitado”, la muchacha se detuvo al ver el zapato en el suelo. El hombre abrió las cortinas y con una rapidez casi imperceptible pasó el lazo por encima de la cabeza de la joven, lo cruzó y lo apretó fuerte contra su garganta. Apoyó su rodilla contra la espalda de la muchacha obligándola a caer. La aplastó contra el piso. Un ahogado grito se fue transformando lentamente en un gemido agudo. Arrodillado sobre el cuerpo, tiraba del lazo con firmeza pero no con demasiada fuerza, evitando así dejar marcas. Quedó en esa posición por un rato contemplando el cuerpo de su víctima que con sus manos arañaba el piso de madera mientras que su cuerpo se retorcía levemente bajo el peso del hombre. Observó inexpresivo cómo los movimientos eran cada vez menos convulsivos hasta transformarse en una agonía. Cual signo de algo anunciado, la pobre victima “Sabía Demasiado”.
Luego de arreglar la escena apagó la luz, se dirigió hasta la ventana, la abrió, se volvió para acomodar las cortinas y dejó la ventana como la había encontrado. Bajó del mismo modo en el que ascendió, sorteó el portón de hierro y se perdió entre las calles de una recién amanecida y ruidosa Buenos Aires.


“¿Es imaginable un ciudadano que no posea un alma de asesino?”
Emil Michel Cioran

-Matías Ozuna-

No hay comentarios:

Publicar un comentario