miércoles, 25 de noviembre de 2009

¡Quedate que te cuento!

Compartimos con uds algunos de los cuentos de la Comisión 17...¡Disfrútenlos!


Coming back

Aeropuerto Internacional de Ezeiza Ministro Pistarini, más conocido como Ezeiza a secas. Era el mediodía de un domingo 8 de marzo, soleado y con unos calurosos 30ºC que me recibían después de tres crueles meses de invierno. Cuando aterricé y escuché la bienvenida a Buenos Aires por parte del piloto sentí una sensación muy extraña dentro mío, indescriptible; mezcla de tristeza y alegría, emoción y desesperación.
Bajar del avión, sellar los papeles de llegada, pasar por la aduana, esperar las valijas, mucha burocracia para algo que yo esperaba desde hacía mucho tiempo. Había estado prácticamente todo el año pensando en ese día. Solo una pared y unos pocos metros me separaban de mi familia que me estaba esperando con ansias, de mi mundo al que no veía hacía un año. Ni bien respiré el aire porteño sentí ese olor a Argentina que tanto extrañaba, y vi todo celeste y blanco alrededor mío; en ese momento reaccioné y me di cuenta de que ya estaba acá, ya estaba de vuelta.
Había mucha gente alrededor hablando varios idiomas distintos, pero especialmente castellano rioplatense, ese que tiene el acento especial que es tan lindo. Completé el papelerío y esperé por mi valija que no llegaba. Esperé por esa valija rosa un tiempo que me pareció una eternidad. Y ahí llegó la rosita, última, como no podía ser de otra manera. Con el carrito de las valijas, atravesé la puerta corrediza, tiré todo, y corrí a abrazarlos a ellos, que ahí me estaban esperando. ¡Ya estaba de vuelta! La espera había terminado; ya estaba de vuelta en mi tierra lista para regresar a mi vida.
Mi primera semana en Argentina fue hermosa, pasé mucho tiempo con mi familia y mis amigos, a quienes había extrañado muchísimo. No podía creer estar de vuelta con todos ellos. ¡Y no podía creer estar disfrutando los placeres que no pude disfrutar estando afuera! El dulce de leche, los matecitos de la tarde, el asado, las pastas de la abuela, los domingos en la cancha, y todas esas cosas bien argentinas que tanto necesitaba volver a vivir y disfrutar.
Pero más allá de todas esas buenas cosas que necesitaba, había otra que no podía seguir estirando: Él.
Él me estaba esperando desde el momento en que partí, y yo sentí lo mismo cuando me alejé, y creí que seguiría sintiendo lo mismo el día de la llegada; pero ahora no estaba demasiado segura de si eso era así o no. Muchas cosas habían sucedido a lo largo del año, y muchas otras habían cambiado. Pero de algo yo estaba muy segura: tenía que verlo, necesitaba ver qué sentía cuando lo viera por primera vez después de todo ese tiempo, y ver también qué sentía él, por supuesto, porque seguramente yo no era la única con los sentimientos cruzados.
Él me había propuesto juntarnos para charlar, varias veces ya, pero yo siempre tenía una excusa diferente para evitarlo. Estaba un poco asustada, pero en esos días decidí buscar el momento justo para llamarlo y planear un encuentro.
Y así sucedió. Hablamos por teléfono, y decidimos encontrarnos en un bar. La cita se había planeado para el día siguiente a las 6 de la tarde.
Esa noche anterior al reencuentro estuve muy nerviosa, demasiado para mi gusto. No tenía hambre, tenía el estómago cerrado, así que tomé un té y me acosté a dormir temprano. Mi pieza estaba igual que siempre, con mi acolchado rosa que había tejido mi abuela cuando yo tenía 9 años, mis peluches sobre la cama, la tele en el mismo lugar. Incluso mis cd’s de Oasis estaban ordenados de la misma forma que yo los había dejado el año anterior. Eso seguramente había sido obra de mi mamá, para que yo sintiera que nada había cambiado durante mi ausencia. Pero había algo que había cambiado en esa habitación, y ese algo era yo.
Aunque me cueste admitirlo yo ya no era la misma. Exteriormente estaba igual. Con unos kilitos de más, pero la misma fachada. Interiormente era diferente, más madura podría ser, con una visión distinta de la realidad.
La mañana siguiente no fue muy especial, pero sí lo fue la tarde. Me estuve preparando para la cita acordada. Quería estar llamativa, aunque en realidad no sé bien por qué, porque él ya me conocía, y presentarme menos o más llamativa no iba a cambiar las cosas, ni su forma de verme. Pero estaba asustada. ¿Y si lo veía y me daba cuenta de que no me gustaba más? ¿Y si él me decía que quería pasar el resto de su vida conmigo y yo no? ¿Y si me declaraba su amor? No quería romperle el corazón, pero tampoco podía hacer algo que yo no quisiera, no podía obligarme a mi misma a sentir algo que no sentía. Muchas veces el corazón no tiene explicaciones, y tenemos que entenderlo de alguna manera.
Llegué 6.15 pm, tenía que hacerlo esperar un poquito, no podía ser puntual; pero me llevé una sorpresa cuando llegué al bar y él no estaba, la que tuvo que esperarlo fui yo. Me senté en una mesa para cuatro, aunque sólo seríamos dos. La mesa estaba junto a la ventana que daba a la avenida. El día estaba gris, “probabilidad de chaparrones” había dicho el servicio meteorológico. Por el vidrio empañado se veía a la gente abrigada caminando por la calle, y algunos precavidos llevaban paraguas; pero yo me había sacado la campera porque adentro la calefacción estaba alta.
Estaba un poco cansada, todavía no había terminado de adaptarme al brusco cambio de estaciones. Me senté y me acomodé en la silla. Esperé un buen rato, cerré un instante los ojos, y cuando los abrí: ahí estaba él, mirándome directamente.
Me dijo que el colectivo había tardado mucho en pasar, que disculpara la tardanza. Demostré poco interés en el asunto de su impuntualidad, aunque en realidad sí me molestaba. En ese momento noté que él también había cambiado, porque si había algo que a él no le gustaba era la impuntualidad, y ahora estaba sucediéndole, y justamente conmigo.
Lo peor fue empezar la conversación, romper el hielo. No sé por qué pero nos sentíamos como dos extraños, o por lo menos eso sentía yo. Era como si estuviera sentada con una persona a la cual apenas conocía, sin embargo no era así, o por lo menos eso creía yo. Lo vi cambiado, físicamente hablando. Estaba más formado, como si hubiera estado yendo al gimnasio, más musculoso. Tenía el pelo un poco largo, le pasaba las orejas, y eso que él siempre criticó a los que se dejaban crecer mucho el pelo. Tenía barba, parece que no le importó el hecho de que a mí me molestaba la barba, o quizá había olvidado ese detalle. Estaba más lindo; pero eso no iba a cambiar las cosas, por lo menos para mí. Se había puesto una camisa rayada blanca y celeste con los primeros dos botones desprendidos, un jean desgastado, zapatillas blancas y azules, y tenía el pelo despeinado, desarreglado.
Fue él quien empezó a hablar, preguntándome cómo había estado todo este tiempo y cómo la había pasado lejos de Argentina. Le conté bastante detalladamente mi experiencia en el exterior, lo difícil que había sido vivir tan lejos de casa, pero la hermosa experiencia que había tenido. Le conté de la gente que había conocido, de los amigos que había hecho, de lo que había estudiado, y de lo que había trabajado. También me preguntó de los lugares que había visitado. Y traté de explicarle lo que había sentido desde el momento que subí al avión hasta el momento en que aterricé en Ezeiza y me reencontré con mi familia. Me preguntó por ellos, hacía mucho que no los veía porque ya no existía excusa para visitar mi casa cuando yo no estaba presente.
Por supuesto no faltó la pregunta que yo temía que él hiciera: si algún “yanqui” me había enamorado. Le respondí francamente que no, que había estado muy ocupada entre el trabajo, el estudio, y el estrés que la experiencia me provocaba, y que no había tenido tiempo para enamorarme. Era la verdad. Me asusté un poco al pensar que en ese momento podía llegar la confesión de amor, la propuesta de noviazgo, o de un intento por lo menos. Yo no quería volver con él. Recién había llegado a Buenos Aires y tenía muchas cosas en que pensar, necesitaba organizar mi cabeza. Quería seguir estudiando y buscar un trabajo, disfrutar de mis amigos, de mi familia. No tenía tiempo para un novio. Y justamente él, a quien yo conocía desde hacía tantos años, habíamos compartido tanto tiempo juntos, tantos recuerdos, yo no podía romperle el corazón de esa forma. Tenía que encontrar una manera de decírselo sutilmente, para que no sufriera. Debía encontrar la forma de explicarle mi situación, de decirle que estábamos atravesando distintos niveles en nuestras vidas y no era el momento de estar juntos, de volver a intentarlo.
Entonces fue cuando salieron las palabras de su boca. Atravesaron mi oído y llegaron a mi cerebro, que pareció no haber procesado bien lo que escuchaba.
Me dijo que no quería hacerme perder el tiempo, y que iba a ser directo. Me confesó que estaba en pareja desde hacía varios meses, y que estaba muy bien. Había tratado de esperarme pero las cosas se fueron de sus manos, apareció alguien en su vida, y se enamoró. Había pensado en decírmelo antes pero creyó que no era una buena idea no hacerlo cara a cara, por eso esperó hasta verme, hasta tenerme en frente. Me dijo que no quería verme más, que ese día se había juntado conmigo para terminar todo, porque él ahora estaba atravesando un hermoso momento y no quería arruinarlo por nada.
Yo no podía creer lo que estaba escuchando. ¿Cómo podía hacerme eso a mí? ¿Cómo fue que se enamoró de otra? ¿Quién era esa persona que lo sacaba de mi camino? Por un momento pensé que mi vuelta a la Argentina fue la peor decisión que pude haber tomado. “Si me hubiera quedado esto no habría sucedido” dije para mis adentros. Me di cuenta de que ya lo había perdido, él parecía muy sincero, y no demostraba interés en cambiar las cosas.
Yo quedé atónita. Le dije que estaba bien, que me alegraba de que él estuviera contento, y que era lo mejor para ambos.
Sentí un ruido. En ese instante abrí los ojos, y me di cuenta de que estaba sola. Sentí frio, me incorporé en la silla, y al mirar hacia la puerta del bar lo vi a él entrando, que recién llegaba, y venía hacia mí. Me había quedado dormida durante la espera.
…Fue él quien empezó a hablar, preguntándome cómo había estado todo este tiempo y cómo la había pasado lejos de Argentina.
“No quiero hacerte perder el tiempo, voy a ser directo…” fueron sus palabras.

-Alina Salas-




Para entrar en el cielo no es preciso morir.

“Alguien tiene que sentarse a mirar lo que sucede en esta ciudad presumida. El poder ciego permite el avance de estatuas desgraciadas”
Anotaciones sobre la cuidad (2) de Anahí Lanzzaroni.
Cada mañana el sonido del despertador marca las 7:45 y me levanto, me cambio y luego de cepillarme los dientes y lavarme la cara, salgo hacia el trabajo. Casi las 8:30 de la mañana, los bocinazos y los frenos de los autos terminan por despabilarme.
Cuando el tránsito comienza a aumentar, sé que estoy llegando y es hora de bajarme del colectivo.
Mientras camino hacia el lugar que me asignaron para trabajar, observo cómo está de ánimo la gente, para intentar adivinar cómo me irá hoy.
En la esquina, me detengo en el carrito de Don Julio para comprarle un café, que cada vez que pasa un mes, me da uno gratis.
La calle Florida es mi segundo hogar, o quizás el primero. Paso aquí todos los días de mi vida, hace casi ocho años. No tengo un horario fijo, pero trato de no perderme ninguna oportunidad para conseguir una monedita.
Luego de vestirme con mi traje blanco y maquillarme, acomodo mi banquito y me convierto en una estatua, y la verdad, me gusta ser estatua.
Al terminar cada día vi pasar tanta gente, trabajadores, no tan trabajadores, jóvenes y turistas, que generalmente son los que salvan mi día, y tantas caras que probablemente no recuerde ninguna. También siempre observo a José y Sofía que son los que trabajan en los puestitos de flores. A Carlos que intenta vender sus pinturas, que, a veces pienso, que si yo tuviera plata, no sé si las compraría.
Hay veces que me canso de estar en la misma posición durante horas, pero me considero un artista y lo que hago alegra el día de algunas personas. Por momentos, hasta pienso que me gustaría ser una estatua de verdad, porque cuando tengo el disfraz es el único instante que me siento admirado o valorado por las personas. Mi vida no ha sido fácil, creo que por eso estoy aquí.
Llegando las 18:00hs. comienza la mejor parte del día, las calles se inundan, la mayoría de la gente vuelve del trabajo, por lo que se pueden hacen 5 minutos para mirarme. También hay gente que sale a pasear y muchos niños, que es mi público preferido, quizás porque me recuerdan a mis hijos.
Cuando oscurece, antes de irme, me detengo a observar el paisaje. Las luces de los faroles y los negocios cerrados, lo convierten a la calle florida en un lugar muy diferente.
Cuando regreso a casa, prefiero ir caminando, para poder admirar a las verdaderas estatuas. Desvío mi camino para observar a la estatua del General Juan Manuel de Rosas, que está ubicada en el cruce de las avenidas Sarmiento y Libertador. Tiene más de diez metros de altura y por la noche, por la iluminación tan especial, pareciera que el General tiene movimiento arriba de su caballo. Luego paseo por los Bosques de Palermo donde me encuentro con esculturas de Caperucita Roja, George Washington, Williams Shakespeare y la de una mujer perfecta, pienso cada vez que la veo. A veces la miro por horas, y luego de estar satisfecho de haber visto tanta hermosura, sigo el camino a mi casa.
Antes de acostarme, siempre me bañaba y mientras el agua de la ducha se mezclaba con las lágrimas de mi soledad, me preguntaba si alguna noche tendría el valor, de una vez por todas, dejar este mundo que lentamente me estaba matando.
Así fueron pasando los días, y yo seguía igual. Continuamente sentía un profundo dolor en el pecho, que sólo se desvanecía cuando alguien admiraba mi arte.
Una noche, cuando llegué a ella, mi mujer perfecta, no soporté más y rompí en llanto. La paz que en ella veía cada noche, me hacía desear más y más mi muerte. Me acerqué, y lentamente acaricié sus piernas, incliné mi cabeza y cerré mis ojos intentando contener mi tristeza y desesperación.
En ese preciso instante escuché una voz, una tenue y suave voz, que tranquilizó mis instintos, murmurando: “no tienes que sentirte ahogado joven, hay tiempo para salvar tu alma”.
Sorprendido y un poco asustado, no lo dudé y la miré, sabía que era su voz. Al levantar mi cabeza quedé atónito con sus deslumbrantes ojos negros, y sin dejar de mirarla, sonreí. Ella también sonrió, agachando su cabeza y secando mis lágrimas dijo: “Te aseguro que te entiendo más de lo que crees, yo comprendo tu sufrimiento, tu dolor y sobre todo tu soledad. Pero la muerte no es la solución, porque dejarías a tu alma aquí, ella no podría ir al cielo y continuaría luchando con tu sufrimiento”.
Sin entender mucho de lo que decía, la interrumpí… ¿Pero cómo me libero de tanto sufrimiento? No quiero seguir viviendo así. ¡Ayúdame por favor! Exclame con desesperación. Y ella continuó…
“En este mundo cada persona tiene su alma, pero en esta cuidad, hay escasez, no quiere decir que falten, sino que muy pocos se dejan dominar por ellas. Y por las acciones de esas personas que no dejan dominarse, nosotros hacemos sufrir a nuestras almas, sin necesidad. Por eso yo decidí trasformarme en esto que soy. Permití que mi alma se escapase de mi cuerpo para que no sufriera lo que yo sufría. Pero no morí, yo sigo estando aquí”.
Luego de horas de hablar y hablar con ella, sentí que era la única persona que me entendía y decidí que aquella noche prefería perder mi alma, que perderla a ella.
Caminamos juntos de la mano toda la noche, alrededor del lago y justo antes del amanecer, la besé, como si fuera la última vez.


Lentamente me desprendí de él, y de su dolor. Y mientras me alejaba volteé y los vi. Justo en la orilla del lago de los Bosques, una perfecta escultura de dos enamorados.

FIN.
-Lucía Torres-

No hay comentarios:

Publicar un comentario